En el Teatro Colón, la energía del ensayo continúa vibrando mientras Jiva Velázquez comparte su experiencia como bailarín. Tras un exigente repertorio, el joven artista se muestra reflexivo sobre su trayectoria. Desde su llegada en 2013, a sus 17 años, ha construido un lugar en este emblemático escenario, que considera su hogar.
Originario de Asunción, Paraguay, Jiva recuerda su infancia llena de inquietud y la influencia de su madre bailarina. Aunque comenzó su camino en el deporte, su conexión con la danza se intensificó al descubrir el ballet, lo que lo llevó a elegir esta disciplina. Superar las burlas y la soledad como el único varón en su escuela fue un desafío que definió su carácter.
El impacto del ballet se hizo evidente tras asistir a una función de “El Cascanueces”, donde se dio cuenta de su afinidad por la danza. Las limitaciones en Paraguay lo llevaron a buscar referencias en línea, donde empezó a aprender de artistas internacionales. Su familia siempre le brindó apoyo, impulsándolo a participar en concursos y becas que le permitieron medir su talento y desarrollar su técnica.
La oportunidad de unirse al Teatro Colón llegó a través de la bailarina Lidia Segni, quien lo invitó a mudarse a Buenos Aires. Este cambio fue clave en su vida y carrera. Al llegar a la ciudad, Jiva enfrentó un entorno completamente distinto, lleno de retos y aprendizajes que lo forjaron profesionalmente. En su debut, a través de un reemplazo inesperado, se consolidó como artista a pesar de los nervios.
La experiencia con reconocidos coreógrafos como Maximiliano Guerra y Paloma Herrera ha sido fundamental para su evolución. Jiva Velázquez ha transcurrido un camino lleno de sacrificios y logros en el mundo del ballet, donde continúa creciendo y explorando su pasión.
Con información de noticias.perfil.com

