El gobierno mexicano anunció tarifas de hasta 50% en importaciones clave, desplazándose hacia un proteccionismo que genera preocupación económica. En una movida que marca un cambio significativo en su política comercial, México ha establecido aranceles de hasta la mitad en una variedad de productos importados desde países asiáticos, en particular China. La medida, aplicada en respuesta a la ausencia de tratados de libre comercio con estas naciones, abarca textiles, calzado, juguetes, acero, aluminio y automóviles, alcanzando el límite máximo permitido por la Organización Mundial del Comercio. La justificación oficial radica en proteger sectores estratégicos y resguardar más de 300 mil empleos considerados en riesgo. Esta decisión llega en un contexto en el que la aplicación de aranceles puede impactar directamente en la inflación interna, dado que más de 50 mil millones de dólares en importaciones estarán sujetos a nuevas tarifas. La repercusión no solo afectará los precios de los productos en el mercado nacional, sino que también tendrá un efecto en la cadena de suministro de la industria local, que depende de insumos provenientes de esas importaciones. Paradojalmente, mientras públicamente se denuncian las políticas proteccionistas de otros países, el cambio de rumbo en México refleja una tendencia similar. La estrategia de limitar importaciones contrasta con la tradición mexicana de apertura comercial, sustentada en múltiples tratados internacionales y en una postura que ha favorecido la integración global como motor de crecimiento económico. Sin embargo, la apuesta actual por sustituir importaciones con tintes proteccionistas trae consigo riesgos históricos; experiencias de décadas pasadas muestran que intentos similares resultaron en productos caros y de baja calidad, efectos que probablemente se repitan si no se gestionan cuidadosamente. Claudia Sheinbaum, por su parte, ha expresado el respaldo empresarial y laboral a esa política, aunque no ha mencionado las
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