La planta de Mazda en Salamanca ve reducir su competitividad en Estados Unidos debido a las nuevas restricciones del T-MEC y la falta de flexibilidad regional. La industria automotriz en México atraviesa un momento de desafíos significativos derivados de las regulaciones impuestas por el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Las nuevas reglas exigen que al menos el 75% de los componentes de los vehículos provengan de uno de estos tres países, además de imponer restricciones sobre el origen del acero y aluminio, lo que limita la importación de piezas de mercados más competitivos en costos, como Asia. Como resultado, plantas mexicanas, incluyendo la operación de Mazda en Salamanca, enfrentan una mayor presión arancelaria, afectando su competitividad en el principal mercado de exportación: Estados Unidos. Este escenario ha llevado a la compañía a explorar alternativas en la región, como fortalecer su presencia en Argentina y Brasil, aunque estos mercados presentan propios desafíos logísticos y regulatorios. La dificultad radica en que la infraestructura para exportaciones, especialmente en Sudamérica, no coincide con la eficiencia del corredor estadounidense, elevando costos y tiempos de entrega. La estrategia de diversificación también encuentra obstáculos en la compatibilidad tecnológica, especialmente en adaptaciones de motores para diferentes combustibles. Mientras tanto, otras firmas automotrices ya toman medidas, incrementando precios en Estados Unidos para absorber costos adicionales, aunque en Mazda son conscientes de que ello no siempre es viable. La prioridad se centra en mantener la rentabilidad de sus operaciones en un entorno que ha cambiado drásticamente, poniendo en duda la narrativa de México como socio privilegiado en la región. No obstante, los ejecutivos mantienen una mirada flexible y buscan aprovechar la oportunidad de explorar nuevos mercados, con la idea de que, a largo plazo, la diversificación podría ofrecer un alivio ante las
