La narrativa bíblica resalta la experiencia fundacional de Jesús con su Padre celestial y su misión de revelar esta filiación a la humanidad. Ciudad de México. El relato bíblico de la Solemnidad del Bautismo del Señor, narrado por el evangelista Mateo, subraya la primera "teofanía" o manifestación de Dios en el Nuevo Testamento. En este evento crucial, Jesús de Nazaret, al ser bautizado por Juan en el río Jordán, experimenta de manera clara y contundente su filiación divina. Una voz celestial declara: "Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias", confirmando su relación íntima con Dios Padre y su misión como luz para las naciones. Este acontecimiento marca el inicio de la vida pública de Jesús y define su comprensión de Dios como un Padre amoroso ("Abba"), rompiendo con visiones más rígidas o autoritarias de lo divino. La apertura de los cielos y el descenso del Espíritu Santo en forma de paloma simbolizan una vivencia profunda de unión y comunión entre Jesús y su Padre, una conexión que se mantiene a través de la fidelidad del amor trinitario. El texto de Isaías, considerado la primera lectura, profetiza la llegada de un siervo elegido por Dios, en quien se posa el Espíritu para hacer brillar la justicia sobre las naciones. Este siervo, descrito como aquel que no gritará ni clamará, sino que promoverá la justicia con firmeza hasta establecerla en la tierra, se alinea con la figura de Jesús, cuya misión será abrir los ojos de los ciegos y liberar a los cautivos de las tinieblas. Por su parte, la segunda lectura, extraída de los Hechos de los Apóstuyos, destaca la universalidad del mensaje de Dios. Pedro, dirigiéndose a Cornelio y su casa, declara que Dios "no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere". Se recuerda cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, quien pasó haciendo el bien y sanando a los oprimidos, evidenciando la presencia divina. Alexander Zatyrka, SJ,
