La obra atraviesa uno de los ecosistemas más biodiversos, generando destrucción y desplazamiento de comunidades, pese a promesas de desarrollo oficial. Desde el inicio de su construcción en 2018, el Tren Maya ha generado una serie de controversias relacionadas con su impacto ambiental y social en la región. La obra, que cubre más de mil quinientos kilómetros en los estados de Tabasco, Campeche, Chiapas, Yucatán y Quintana Roo, atraviesa uno de los ecosistemas más ricos en biodiversidad del planeta, conocido como la Selva Maya. Este entorno alberga especies en peligro de extinción, como el jaguar, cuyas hábitats están siendo fragmentados por las actividades derivadas del proyecto. Expertos y defensores ecológicos advierten que la ejecución del tren ha intensificado la deforestación, ha provocado invasiones y ha acelerado la destrucción de cenotes y acuíferos. Además, las comunidades mayas, quienes habitualmente habitan estas tierras, han reportado desplazamientos y una serie de alteraciones a su modo de vida, contrarias a las promesas oficiales de crecimiento y bienestar. El proyecto, que fue inaugurado en diciembre de 2024 y continúa sumando infraestructura, representa una controvertida visión del desarrollo en la región. Organizaciones locales han señalado que, en realidad, la obra ha traído más daños que beneficios, afectando la integridad ecológica y social, y generando incertidumbre en las comunidades originarias. La percepción general es que el Tren Maya se ha convertido en un símbolo de cómo las promesas de progreso pueden disfrazar intereses políticos y económicos que perjudican el entorno natural y cultural. La devastación de cenotes, la pérdida de biodiversidad y la inseguridad en las comunidades son algunos de los efectos constatados en los últimos años. Expertos concluyen que el proyecto finge representar un crecimiento inclusivo, cuando en realidad ha profundizado problemas sociales y ambientales, evidenciando la necesidad de revisar su impacto en la reg
