Ciudad de México. – El año 2025 marcó un punto de inflexión en el sistema internacional, consolidando la transición de un orden unipolar a uno multipolar, caracterizado por la coexistencia de múltiples centros de poder. Este cambio se ha visto acompañado por un incremento simultáneo de riesgos globales, incluyendo conflictos armados, tensiones comerciales y amenazas en el ciberespacio, elementos que han reconfigurado las reglas de la política mundial. La política exterior estadounidense en 2025 se centró predominantemente en el interés nacional, lo que derivó en una menor priorización de los acuerdos multilaterales y una redefinición de las alianzas tradicionales. Esta dinámica geopolítica tuvo repercusiones directas en los mercados globales, las cadenas de suministro y los flujos financieros, demostrando cómo las decisiones estratégicas trascienden el ámbito diplomático y militar para influir en sectores clave como la energía, la tecnología y el comercio. El ascenso de nuevas potencias y la redistribución del poder global han generado un escenario internacional con un número creciente de actores relevantes, donde ningún país ejerce un control absoluto sobre la dirección del sistema. La coordinación global, en este contexto, ha enfrentado limitaciones más evidentes. La relación entre Estados Unidos y China se consolidó como el eje central de la rivalidad global en 2025. Ambos países compitieron intensamente por el liderazgo económico, tecnológico y normativo, definiendo alineamientos y decisiones políticas a nivel internacional. China, por su parte, promovió un orden mundial con varios polos de poder y una menor centralidad occidental, enfatizando la no injerencia y la cooperación Sur-Sur. Espacios como la Organización de Cooperación de Shanghái ampliaron su agenda, buscando consolidar esquemas de cooperación alternativos y promover la autosuficiencia en sectores estratégicos, aunque persisten desafíos en áreas como los semiconductores avanzados. En respuesta al asc
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