La estrategia de Washington y el impacto en la política y economía mexicanas La reciente prórroga de 90 días antes de la imposición de aranceles no representa una victoria para México, sino una estrategia de Estados Unidos que busca consolidar su posición en la región. La llamada del pasado jueves entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el presidente Donald Trump derivó en un acuerdo bilateral que, lejos de ser un logro diplomático mexicano, refleja una decisión estratégica de Washington en medio de su avance en negociaciones con China. La narrativa oficialista que pretendía destacar la pericia mexicana en estas negociaciones resulta insuficiente ante la evidencia de que Estados Unidos impone condiciones de forma unilateral. Las negociaciones entre México y Estados Unidos se centran en dos ejes fundamentales: la desvinculación de la economía mexicana respecto a China y una serie de ajustes profundos al marco institucional del país. Estos cambios incluyen aspectos relacionados con seguridad, combate al crimen organizado, migración y Estado de derecho. Todo indica que, en la práctica, se busca la entrega o la aprehensión de figuras clave de la élite de la Cuarta Transformación, con presuntos vínculos con el crimen organizado, en un contexto de mayor control estadounidense sobre la política interna mexicana. En el plano comercial, la Secretaría de Economía, encabezada por Marcelo Ebrard, ha intentado operar dentro del marco del T-MEC y distanciarse de China. Sin embargo, los márgenes de maniobra que le han dejado son mínimos. Desde su etapa como canciller y hasta ahora, México ha tenido poca capacidad de negociación real, resultado de su pérdida de peso en la diplomacia global. La prórroga de 90 días no fue un logro mexicano, sino una conveniencia de Estados Unidos, que la requiere para cerrar flancos con China en medio de su confrontación comercial con Pekín. Desde que inició su guerra comercial con China, Estados Unidos ha alcanzado acuerdos con Reino Unido, Vietnam,
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