La reducción en la tasa de natalidad impacta en la estructura poblacional, la carga en sistemas de salud y la participación laboral de las mujeres. México enfrenta un descenso sostenido en las tasas de natalidad, una tendencia que empezó a evidenciarse en los años setenta y que ha tenido modificaciones respecto a décadas pasadas. En ese entonces, las medidas gubernamentales impulsaron el control de la natalidad, logrando reducir la fecundidad a un promedio de 1.6 hijos por mujer en la actualidad, comparado con los 6.8 de hace varias décadas. La iniciativa para disminuir los nacimientos se centró en la planificación familiar y la educación, y en años recientes, se logró disminuir la infancia en las escuelas, reflejando una menor población infantil en el país. Este fenómeno tiene implicaciones importantes. La envejecimiento poblacional se traducirá en una mayor proporción de adultos mayores, aumentando la presión sobre los sistemas nacionales de pensiones y servicios de salud. Además, la disminución en la población infantil afecta la dinámica escolar y laboral, generando posibles desafíos a largo plazo en la fuerza laboral y en los recursos sociales. Expertos en estudios demográficos advierten que las políticas públicas deben ajustarse para facilitar la conciliación familiar y laboral, con el fin de evitar que las mujeres sean las principales encargadas del cuidado infantil sin apoyo adecuado. La doctora en estudios de población, Carla Pederzini, señala que la baja en la natalidad responde a decisiones personales y a la percepción del peso que representa criar hijos sin suficientes garantías sociales, además de enfatizar la importancia de mantener la revisión de las estrategias para garantizar un desarrollo equilibrado en la estructura de la población. Recientemente, la presidenta Claudia Sheinbaum explicó que la caída en los nacimientos también afecta la cantidad de alumnos en las escuelas, pero que esto responde a un fenómeno poblacional y no a un abandono escolar,
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