La nueva adaptación profundiza en temas de abandono, perdón y creación, ofreciendo una mirada humana y emocional que trasciende el horror convencional. En la más reciente adaptación de la clásica historia de Frankenstein, el cineasta Guillermo del Toro ofrece una visión introspectiva y emocional que desafía las convenciones del género de terror. Estrenada en Netflix, esta versión se centra en cuestiones profundas como el abandono paternal, la búsqueda de identidad y el sentido de la existencia, en lugar de centrarse en sustos o efectos tradicionales. La narrativa se inspira en el legado literario de Mary Shelley y en pensamientos filosófico-teológicos, haciendo referencias a textos como El Paraíso perdido y a obras de John Milton. La criatura, interpretada por Jacob Elordi, emerge como un ser consciente y reflexivo, que, a diferencia de otras versiones, no es simplemente un monstruo aterrador sino un alma herida que busca comprensión y perdón en un mundo que lo rechaza. La historia también revisita las relaciones de poder y negligencia de Víctor Frankenstein, destacando la tragedia de un padre que, obsesionado con desafiar la muerte, olvida sus responsabilidades humanas. Este enfoque, que prioriza el tono gótico y la introspección emocional, convierte a la película en una reflexión sobre las heridas que la negligencia paternal puede generar. La ambientación victoriana, con su estética característica, refuerza la atmósfera melancólica y filosófica, alejándose del horror visceral para presentar un drama que invita a la reflexión. La dirección de Guillermo del Toro busca que el espectador no solo vea un relato de terror, sino que también conecte con las complejidades humanas y existenciales del personaje. Cabe destacar que esta obra reimagina aspectos narrativos, incluyendo nuevos personajes y cambios en la cronología original, con la intención de explorar más profundamente temas universales. La película revela que, más allá de los sustos, Frankenstein es una historia
