La Revolución mexicana impulsó la transformación social del taco, llevándolo de comida humilde a referente cultural y gastronómico en el país. La Revolución mexicana marcó un punto de inflexión en la historia culinaria y social del país, especialmente en la percepción del taco, producto que inicialmente simbolizaba la humildad y la pobreza. En 1914, la entrada de campesinos zapatistas a la Ciudad de México representó un encuentro entre el mundo rural y el espacio urbano, exponiendo a estas comunidades a un entorno sofisticado y ajeno a su realidad cotidiana. La presencia en lugares emblemáticos, como el Palacio Nacional, y la interacción con el poder político, facilitaron que el taco migrara de su origen rural a los menús de restaurantes formales y, posteriormente, a la alta gastronomía urbana. Además, la crisis alimentaria adquirió relevancia con la regulación de precios del maíz y la implementación de programas estatales, lo que reafirmó el papel del taco como alimento básico y de resistencia social. Con el tiempo, esta comida sencilla y accesible fue adoptada por las clases altas y se convirtió en símbolo de identidad nacional, desplazando a otros menús tradicionales y consolidando su presencia en la gastronomía mexicana de todos los ámbitos. La evolución del taco refleja, en parte, el proceso social y cultural de México, donde la comida popular se reivindica y se enriquece con los cambios históricos y económicos vividos en el país.
