La política en México ha llegado a un punto donde el espectáculo supera al discurso formal. Se han escuchado expresiones inusuales en el debate legislativo, lo que refleja una pobreza intelectual sostenida y generalizada. Este fenómeno, lejos de ser un simple efecto de moda, se ha convertido en un recurso electoral aceptado.
Recientemente, figuras políticas como Beatriz Navarro han utilizado un lenguaje coloquial que desdibuja la seriedad del debate. La relación entre la política y el entretenimiento se ha vuelto simbiótica, a tal punto que los políticos a menudo priorizan la viralidad de sus mensajes en detrimento de propuestas sustanciales, lo que plantea un grave reto en la esfera pública.
La tendencia no se limita a México. A nivel global, líderes políticos han adoptado estilos de comunicación que transforman la política en un espectáculo visual. Sin embargo, esta estrategia puede volverse contraproducente. Los electores, que al inicio pueden aplaudir las ocurrencias, eventualmente demandan resultados concretos y pueden volverse exigentes ante la falta de cumplimiento.
Este problema de fondo revela que los ciudadanos, en su mayoría, no son ingenuos y pueden distinguir la incongruencia entre lo prometido y lo que realmente se entrega. La política, al convertirse en un circo, enfrenta el riesgo de olvidarse de que el "pan" que la gente necesita es el respaldo a sus necesidades y requerimientos reales.
El desafío para los políticos contemporáneos es revertir esta tendencia y volver a construir una comunicación que valore no solo la forma, sino el fondo. Reconocer la inteligencia del electorado es fundamental para restablecer la confianza en las instituciones y en quienes las representan.
Con información de afntijuana.info

