La historia del padre Benjamín Pelayo, quien falleció a los 84 años este mayo, se caracteriza por un inmenso legado de amor y servicio. Reconocido por su cercanía con la comunidad, celebraba misas en parques y plazas, acompañado siempre de su bastón y sombrero, convirtiendo su bendición en un ritual para muchos.
Durante sus años de vida, el sacerdote fue una figura central en la Fundación Hogar Pastorín, donde recibió a más de 450 niños desde 1994. Muchos lo consideraban un padre, encontrando en él no solo refugio, sino también guía y apoyo en momentos difíciles. Roque Julio Jaimes, uno de sus "hijos", expresó su infinita gratitud por lo que el padre Benjamín significó en su vida.
El padre Pelayo cultivó un amor único hacia la educación y el bienestar de los niños, siendo un compañero y mentor inigualable. Su legado se refleja en la vida de quienes crecieron bajo su tutela, como Mayerly, enfermera profesional que lo recuerda por su calidez y dedicación. Las experiencias compartidas, como paseos al río y eventos festivos, consolidan la huella que dejó en sus vidas.
Aunque el Hogar Pastorín ya no alberga niños desde 2015, su impacto es perdurable. Eduardo Castillo, quien lo acompañó por más de cuatro décadas, destacó que el futuro del hogar es incierto, pero el legado del padre Benjamín es lo más valioso. Las vidas transformadas en el hogar son testimonio de un verdadero cambio social.
El padre Benjamín, además de ser un pilar de la comunidad, también luchó por causas sociales. En el contexto de la lucha por los derechos de los más vulnerables, su voz siempre estuvo presente, promoviendo justicia y defensa de los derechos humanos. Su liderazgo y espíritu rebelde dejaron una marca imborrable en diversas causas, mostrando que el servicio comunitario también puede tener un impacto revolucionario.
Con información de vanguardia.com

