La caída en el precio internacional del grano afecta a productores pequeños, mientras grandes empresas aprovechan para reducir costos y consolidar su poder. La reciente disminución en el precio internacional del maíz ha puesto en marcha un debate sobre los beneficios y perjuicios que enfrenta la cadena productiva en México. Aunque los precios más bajos reducen los costos para las grandes empresas del sector agroindustrial, generan dificultades económicas para los productores pequeños y medianos, que enfrentan costos de producción superiores a los ingresos que reciben por sus cosechas. La estructura del mercado favorece a las grandes compañías, que negocian condiciones desventajosas para los productores locales, priorizando compras en Estados Unidos y ofreciendo pagos insuficientes. La crisis expone la vulnerabilidad del campo mexicano, que depende en gran medida de insumos básicos como el maíz, y destaca la necesidad de políticas que equilibren la relación entre industria y productores para garantizar la soberanía alimentaria del país. La demanda nacional de maíz supera los 47 millones de toneladas anuales, pero solo una pequeña fracción del volumen se destina a la transformación por las grandes harineras, mientras que el resto se produce y comercializa en pequeños molinos y tortillerías distribuidas por todo México.
