La desigualdad de acceso a la educación musical en México persiste, convirtiéndose en un desafío para las mujeres que buscan desarrollarse en este ámbito. La historia de generaciones pasadas ha permitido que hoy algunas logren vivir de su pasión; sin embargo, defender la música como profesión en un entorno que a menudo idealiza el talento innato y desestima el esfuerzo se vuelve un reto constante.
Las mujeres artistas enfrentan la presión de conciliar deberes tradicionales con su deseo de ser profesionales en música. Esto requiere, no solo habilidades técnicas, sino también una sólida autodisciplina. Frente a un contexto laboral que históricamente ha sido dominado por hombres, es crucial que estas mujeres defiendan su espacio de trabajo y estudio con determinación.
Mi compromiso como docente es empoderar a mis once alumnas a través de la autoexigencia, alejándolas de la autocrítica negativa. Busco que disfruten de su práctica musical, reconociendo su desarrollo y valor como mujeres en un campo aún dificultoso. La música, al ser un arte que florece en comunidad, se convierte en un medio para fomentar la confianza y resiliencia.
En cada presentación y clase grupal, creamos un ambiente en el que la pasión musical se mantenga viva. Este apoyo colectivo es esencial para evitar que la autoexigencia excesiva lleve al aislamiento. Al defender la seriedad de nuestra labor, hacemos uso de la libertad que nos brinda la música como un territorio común, donde lo que realmente importa es la calidad del arte que ofrecemos.
No se debe permitir que la cosificación de las mujeres en la industria persista. Es fundamental mantener la integridad y buscar ambientes en los que se valore dedicadamente la música como arte, por encima de cualquier otro interés. A través del profesionalismo, las nuevas generaciones pueden abrir puertas hacia un futuro más igualitario en el ámbito musical.
Con información de vanguardia.com.mx

