El Mundial de Fútbol 2026, que México comparte con Estados Unidos y Canadá, se presenta como un evento masivo que va más allá de lo deportivo. La FIFA proyecta ingresos de al menos 110 mil millones de dólares, mientras que México destina más de 8 mil millones en inversión pública. Esta gran disparidad entre lo que se invierte y lo que se recibe plantea interrogantes sobre el impacto real del torneo en la sociedad mexicana. Aquí, el pueblo proporciona el "pan", mientras el poder se queda con el "circo".
En México, el fútbol trasciende el simple deporte y se convierte en un fenómeno cultural. Cada partido de la selección nacional unifica al país, momentáneamente eliminando las divisiones sociales y políticas. Durante esos instantes, las preocupaciones cotidianas se desvanecen, y la nación late al unísono. Así, se convierte en una herramienta valiosa para quienes están en el poder, ya que desvía la atención de cuestiones más urgentes, como la violencia y la crisis económica.
La historia del país muestra cómo los grandes eventos deportivos han sido utilizados como distracciones políticas en momentos críticos. Durante el Mundial de Brasil 2014, el gobierno de Enrique Peña Nieto aprobó reformas, aprovechando la distracción que el torneo generó. Lo mismo ocurrió en 2018, cuando las elecciones coinciden con el Mundial de Rusia. Esta tendencia indica que, cuando el circo está presente, es más fácil para el gobierno actuar sin resistencia.
El gobierno actual, en medio de una creciente ola de violencia, encuentra en el Mundial una oportunidad perfecta para cambiar la narrativa pública. Mientras el país se concentra en el espectáculo, las realidades críticas como la seguridad quedan relegadas. Esto plantea un dilema: la percepción de seguridad externa es más vital que la realidad misma. La inversión en infraestructura para el evento, sin embargo, ha sido cuestionada. Ciudades como Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara enfrentan retrasos en los proyectos destinados a la competencia.
La pregunta fundamental que surge es: ¿quién realmente se beneficia de esta inversión masiva? Las empresas constructoras y de materiales, sin duda, se beneficiarán, mientras que el ciudadano común sufrirá las consecuencias de un gasto que no se ve reflejado en mejoras inmediatas para su vida diaria. La falta de respuestas claras sobre este panorama es un tema que continúa sin ser abordado abiertamente.
Con información de afntijuana.info

