Un análisis profundo revela cómo el colonialismo y el racismo estructural impulsan los megaproyectos extractivistas que amenazan a los pueblos originarios y su entorno. La protección de los derechos de los pueblos originarios, así como la conservación del medio ambiente y la memoria histórica, siguen siendo pendientes críticos en México. Los procesos de despojo territorial, impulsados por industrias energéticas y extractivistas, están estrechamente ligados a raíces coloniales y estructuras racistas que aún permean en la sociedad y las políticas públicas. En un contexto donde los intereses económicos predominan sobre los derechos ancestrales, la dinámica de colonización contemporánea se manifiesta en megaproyectos energéticos que despojan a comunidades indígenas de sus territorios. Estos despojos no solo son un acto económico, sino también una manifestación de racismo estructural que remonta a los siglos XV y XVI, con la destrucción de las tierras y culturas originarias. La lucha contra estos proyectos, por tanto, exige que se reconozca la dimensión racial y colonial que los sustenta. Una reflexión clave es la utilización del concepto de anticolonialismo, que denomina a los levantamientos históricos y actuales de los pueblos que resisten y reivindican sus territorios frente a las formas persistentes de colonialismo. Este enfoque también desafía al movimiento ecologista del Norte Global a reconocer su deuda con los pueblos del sur, cuyos territorios han sido objeto de despojos ancestrales en beneficio de los modelos extractivistas y capitalistas. La urgencia de fomentar diálogos y solidaridades internacionales con perspectiva anticolonial se vuelve imprescindible en un momento en que los colonialismos se mantienen vivos y activos, impulsando la destrucción de ecosistemas y comunidades. En ese escenario, términos como extractivismo y megaproyectos continúan siendo relevantes, pues reflejan las raíces coloniales de prácticas económicas basadas en la explotación de recur
