La creciente división interna en los grupos criminales ha generado un aumento en los homicidios y una reorganización del mapa del narcotráfico en el país. En las últimas dos décadas, el narcotráfico en México ha experimentado una transformación profunda, pasando de estructuras hegemónicas a una vasta red de microcárteles y células regionales. La fragmentación de las organizaciones criminales responde a diversos factores, como traiciones internas, crecimiento económico de grupos emergentes y la pérdida de líderes por detención o muerte. Esta división ha provocado un aumento significativo en los niveles de violencia en varias regiones, especialmente en estados como Sinaloa, Tamaulipas, Jalisco y Guerrero. Un ejemplo reciente es la ruptura interna en el Cártel de Sinaloa, tras la captura y traslado a EE. UU. del líder histórico Ismael “El Mayo” Zambada, en julio de 2024. Esta situación desató una pelea feroz entre los grupos encabezados por los hijos de Joaquín Guzmán López, conocido como Los Chapitos, y quienes permanecen leales a “El Mayo”. La disputas territoriales han causado un incremento del 170 % en homicidios en meses recientes en esa región. A nivel histórico, estos procesos de división no son nuevos. La fractura del Cártel del Golfo con la creación de Los Zetas en 2010 o el cisma del Cártel de los Beltrán Leyva en 2008, tras la captura de Alfredo Beltrán Leyva, ejemplifican cómo estos eventos generan oleadas de violencia y cambios en las alianzas delictivas. La expansión y escisiones dentro del Cártel de Sinaloa y el nacimiento del Cártel Jalisco Nueva Generación consolidan un panorama en constante cambio, dificultando las estrategias de combate por parte de las autoridades mexicanas y estadounidenses. Expertos señalan que estos patrones responden a causas profundas, incluyendo lealtades traicionadas, el crecimiento accidental de células independientes y vacíos de poder provocados por caídas y extradiciones de líderes. La cada vez mayor fragmentación resulta
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