La violencia intrafamiliar en Santander se enfrenta a un alarmante crecimiento, convirtiendo los hogares en lugares inseguros. Esta situación requiere ser analizada no solo con estadísticas, sino como un dilema que afecta a la comunidad en su conjunto, reflejando la cultura que permite su existencia.
Las estructuras familiares en la región han perpetuado un entorno donde el machismo y la autoritarismo predominan. Históricamente, los hombres han sido promovidos como figuras de autoridad indiscutible, y cualquier desafío a su poder frecuentemente resulta en agresión. Esta dinámica ha fomentado una confusión entre disciplina y violencia, convirtiendo el hogar en un espacio de miedo.
La complicidad cultural también juega un papel fundamental. La violencia intrafamiliar es considerada un asunto privado, lo que desencamina la denuncia y provoca el silencio de las víctimas. Esta situación se agrava por la reacción inadecuada de las autoridades y la minimización del sufrimiento por parte de familiares y vecinos, creando un ciclo de impunidad.
Además, la falta de educación y apoyo emocional contribuye a la perpetuación de esta problemática. En familias donde no se enseñan herramientas de resolución pacífica, cualquier desacuerdo puede escalar en agresión. Factores como la pobreza y el hacinamiento intensifican el estrés, lo que agrava aún más la situación.
Es imperativo implementar un cambio cultural que enfrente el machismo y proponga soluciones efectivas. La prevención debe acompañarse de educación en resolución de conflictos y formación en crianza respetuosa. Es responsabilidad de toda la sociedad rechazar la violencia, garantizando que no haya justificación para el abuso en ninguna circunstancia.
Con información de vanguardia.com

