Varnja, Estonia. - En una pequeña casa de este pueblo, Herling Mesi ha reunido 241 samovares, recipientes tradicionales rusos utilizados para preparar té. Desde modelos antiguos de 1880 hasta versiones modernas de plástico, estos objetos reflejan la diversidad cultural de la región. Cada samovar emite un sonido característico al calentar el agua, un detalle que el propietario describe como su propia forma de "cantar".
La Casa de los Samovares es una de las paradas de la Ruta de la Cebolla, un recorrido que abarca las orillas del lago Peipus, donde prevalece una combinación de tradiciones de los viejos creyentes rusos, las comunidades rurales estonias y la herencia de la nobleza germano-báltica. La cebolla, símbolo de la zona, se cultiva en tierras arenosas y forma parte integral de la identidad local.
Los viejos creyentes, comunidad que data del siglo XVII, se establecieron junto al lago buscando preservar sus tradiciones ante la persecución religiosa. Su legado se puede observar en pequeños pueblos como Kolkja y Kallaste, donde el cultivo de cebollas, la pesca y recetas ancestrales son prácticas cotidianas.
Durante la visita a la Casa de los Samovares, Herling comparte el curioso ritual de tomar té. Para disfrutarlo sin quemarse, se utiliza un platillo que se sostiene con tres dedos, representando a la Santísima Trinidad. También revela una tradición para indicar que se ha terminado de beber: colocar la taza boca abajo sobre el platito, para evitar que el anfitrión sirva más té.
La Ruta de la Cebolla no solo ofrece una experiencia culinaria, sino también la posibilidad de aprender sobre las costumbres que han perdurado en esta región. Cada samovar y cada historia cuentan un capítulo de la vida al borde del lago Peipus, reflejando un rico crisol de tradiciones que aún perduran en el presente.
Con información de esdiario.com

