La relación entre México y Estados Unidos se encuentra más que nunca interconectada, tanto en el ámbito comercial como en el del narcotráfico. La frontera, que separa los dos países, es un mero límite físico para las mercancías. Este contexto hace que la situación actual de violencia y criminalidad en México se vea exacerbada por el consumo de drogas en el país vecino.
El narcotráfico transita por un entramado complicado que involucra a políticos y criminales, lo que ha llevado a una serie de fracasos en la estrategia contra las drogas. La colaboración entre las fuerzas políticas y los cárteles se ha vuelto prácticamente indisoluble, generando un clima donde se hace cada vez más difícil distinguir entre ambos.
Desde el inicio de la lucha contra el narcotráfico, se han reportado miles de muertes y desapariciones. La actual administración enfrenta la difícil tarea de equilibrar la relación con Estados Unidos, que busca resolver el problema del narcotráfico a través de una política cada vez más confrontativa. La extradición de figuras claves solo altera superficialmente la dinámica del narcotráfico y no aborda el problema fundamental.
El caso del Gobernador con licencia de Sinaloa ejemplifica la colusión entre funcionarios y criminales; esta arquitectura de corrupción fue diseñada en parte por políticas estadounidenses que fomentan el entramado delictivo. Así, se observa que figuras como Claudia Sheinbaum, presidenta de México, se encuentran en una posición delicada ante un entorno que las fuerzas políticas de ambos lados de la frontera parecen aprovechar para avanzar sus intereses.
A medida que las elecciones se acercan, la tensión entre el deseo de hacer justicia y la necesidad de sobrevivir políticamente se hace evidente. La lucha contra el narcotráfico es un escenario donde el poder se despliega, y mientras las manos de los líderes estén entrelazadas con el crimen, el futuro de ambos países permanecerá en la cuerda floja.
Con información de zocalo.com.mx

