Analizamos cómo los niveles salariales, la productividad y la automatización impactan la economía mexicana y la necesidad de políticas enfocadas en el mercado interno. México ha logrado posicionarse como una de las principales economías manufactureras y comerciales del mundo, ubicándose entre las 15 más grandes por su Producto Interno Bruto. Sin embargo, durante décadas, el país mantuvo salarios mínimos considerablemente bajos en comparación con sus socios del Tratado de Libre Comercio, situación que representa una deuda histórica con millones de trabajadores mexicanos. Contextualmente, la creencia de que los salarios solo deben aumentar si la productividad lo hace ha sido cuestionada por expertos. Aunque medir con precisión la productividad a nivel de sectores o empresas presenta desafíos técnicos, las cifras indican que sectores clave, como el de exportación, muestran niveles de eficiencia altamente competitivos, contribuyendo de manera significativa a las exportaciones globales del país. La presencia de grandes empresas maquiladoras de capital extranjero, con procesos tecnológicos avanzados y controles de calidad estrictos, refuerza que México no es un país “improductivo”. Por tanto, vincular los incrementos salariales a una supuesta baja productividad ha servido más bien para justificar rezagos salariales injustificados. El salario mínimo cumple un papel fundamental como motor del mercado interno. Su aumento fortalece el consumo, estimula la economía y promueve la expansión empresarial, además de influir positivamente en otros niveles salariales en sectores informales o semi-calificados. Por otro lado, la verdadera amenaza para el empleo no radica en los incrementos salariales, sino en los avances tecnológicos acelerados, especialmente en automatización e inteligencia artificial, que eliminan trabajos repetitivos y requieren una estrategia de capacitación y reconversión laboral. La discusión actual debe centrarse en preparar a la fuerza laboral para estos cambio
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