La llegada del automóvil a México ocurrió a fines del siglo XIX, marcando un avance económico y tecnológico que transformaría al país en las décadas siguientes. A finales del siglo XIX, México dio sus primeros pasos en la introducción de la tecnología automotriz, sentando las bases para un mercado en expansión. En 1895, se importó el primer automóvil al país, una adquisición de Fernando de Teresa, y para 1898 ya operaban modelos de marcas reconocidas internacionalmente, provenientes de Francia, Alemania, Italia y Estados Unidos. La formalización del comercio automotor ocurrió en 1901 con la apertura de la primera concesionaria, permitiendo que los autos se vuelvan accesibles en las calles mexicanas. Desde sus inicios, las estrategias de venta incluyeron catálogos impresos y la presencia de exposiciones en lugares como el Garage Internacional, facilitando la exhibición y venta de vehículos en un entorno sin infraestructura vial consolidada. Debido a los altos costos de importación y transporte, los autos eran considerados un lujo, asociados a clases altas, aunque las marcas estadounidenses lograron una entrada significativa, posicionándose en el mercado en pocos años. A pesar de la falta de caminos adecuados, el automóvil comenzó a usarse para recreación y eventos sociales, transformando el panorama cultural. Desde carreras en el Hipódromo de Peralvillo en 1903 hasta desfiles y rutas cercanas a la Ciudad de México, estas actividades contribuyeron a popularizar un medio de transporte que, en esa época, era símbolo de modernidad y lujo. Este proceso fue fundamental para entender la evolución de la movilidad y el desarrollo económico en México en las primeras décadas del siglo XX.
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